Expomanga 2006




Nueva oportunidad para descubrir el trabajo de un cineasta alejado del mainstream. Nuevo recorrido por ese Japón de postal. Nuevo camino de un Koreeda que nos ofrece una mirada actualizada e incisiva de la estructura familiar japonesa, desde un prisma alejado del conservadurismo clásico. Una nueva vía para descubrir su cine.

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El minimalismo fílmico de la aún recordada Hana se aparta de los objetivos didácticos de este film rodado por Hirokazu Koreeda, y en el que nos ofrece una mirada contemporánea sobre una familia japonesa completamente desestructurada, que se reúne una vez al año para conmemorar el aniversario de la muerte del primogénito, ahogado accidentalmente mientras rescataba a un aldeano conocido suyo. Los pormenores de todos los miembros afloran en un solo día de verano, reunidos para la ocasión alrededor de una mesa como si formaran un núcleo familiar sólido. Pero más allá de las apariencias, más allá de la superficie, se esconden los problemas de cada uno de los integrantes, que viven alejadamente los unos de los otros y a su manera: el abuelo, el pater familias, es un médico retirado amargado, que pasa las horas en su antigua consulta; la abuela vive desconsoladamente por la muerte de su hijo mayor y se dedica a cocinar para todos los miembros allí presentes; la hija soltera, sin estudios, vive mantenida por sus padres porque se ha cansado de encontrar trabajos temporales que sólo le aportan un perpetuo aburrimiento; el hijo no heredero, que ha pasado a ser el mayor de la familia, se ha divorciado y regresa con una nueva esposa y su hijo; y el menor de los hermanos, que vive felizmente casado y con dos hijos, parece desentenderse completamente de los problemas que acarrean en sus espaldas sus otros hermanos.

Éste es el contexto inicial de un film en el que aparentemente no sucede nada, pero que a medida que avanza el metraje deja entrever las grietas que esconden las almas de cada uno de sus protagonistas, y que serán la fuente de donde emanarán todos sus sentimientos, en un ambiente inicialmente tenso, pero que a medida que el sol se va poniendo, se dejan empapar por esa bocanada de aire marino que amansa a todo bicho viviente. Imagen1

Los paisajes relajados y soleados por los que transita el pater familias definen el ambiente relajado que imprime Koreeda en su filme, y que además ayuda a romper esas longevas secuencias en el interior de la casa. Viéndolo así, resulta evidente que nos encontramos ante un film costumbrista, en el que la tranquilidad reina y se convierte en la aurora que envuelve a sus protagonistas. Por este motivo (y por otros que comentaremos) no hay que dejarse atrapar por ese aire costumbrista a lo Yasujiro Ozu que algunos han querido ver en los fotogramas de Still Walking. Ni siquiera recomendamos dejarse llevar por la nostalgia de ese cine familiar de Ozu. Algunos pretenden hermanar la praxis de este maestro del cine clásico japonés por antonomasia y esta obra de naturaleza embriagadora. Muchos han preferido ver en Still Walking un homenaje directo a ese director humanista que era Ozu, y que rodaba a ras de suelo para magnificar la presencia de los actores en sus películas, en vez de decantarse por entender la evolución natural del cine de Koreeda. Otros han intentado interrelacionar el argumento de esta didáctica película con el de Cuentos de Tokio (1953) de Ozu. Y otro segmento de la población ni siquiera conoce a Ozu, más que nada porque generacionalmente no han tenido la oportunidad de visionar ninguna de sus películas (ahora recuperadas digitalmente para el formato doméstico). Estos últimos jugarán con cierta ventaja. De entrada, Still Walking es un largometraje atípico en la carrera de Koreeda. Decimos atípico, sí, pero no deja de pertenecerle a él exclusivamente (el guión es propiamente suyo y de aquí su imaginativa puesta en escena en algunos encuadres interioristas). Ozu sólo aparece en contenido y no en forma. Contenido difuminado, pues por cuestiones históricas, Koreeda opta por mostrar el sistema familiar japonés desde un punto de vista Imagen1diferente al planteado por Ozu: enfrenta el modelo familiar clásico y su posición ante la sociedad con el contemporáneo. Y Ozu, en su medida, simplemente mostraba la familia japonesa de los años cincuenta, y en su acepción, las pronunciadas diferencias entre la autonomía familiar de la clase media japonesa y las de las clases bajas, que para nada salían reflejadas en pantalla y que se veían arrastradas por la podredumbre de la posguerra (visiblemente de forma cómica en filmes como Buenos Días). La modernidad que intentaban lucir las jovencitas de época dentro de un sistema paternalista, con sus caprichos y su acomodamiento familiar, quedan también anuladas en esta película de Koreeda, y en su lugar, aparecen esas mujeres que reniegan de sus obligaciones familiares (el personaje clave lo constituye la hija de la familia, interpretada por la actriz You, la madre de los niños en Nadie Sabe) pero que intentan mantener cierta independencia. Eso sí, la seña de identidad familiar la sigue protagonizando el abuelo, el padre de familia en definitiva, que sigue manteniendo una postura inflexible hacia el comportamiento (según él) infantil de sus hijos, criados con sudor y plena dedicación. Kyohei, este padre gruñón (¡interpretado por el veterano Yoshio Harada!) al que todos respetan por su sabiduría, vive anclado en ese reciente pasado machista, manifestándose plenamente en un entrañable encuentro con su nieto bastardo (este último le comenta que quiere ser afinador de pianos en vez de médico porque está enamorado de su profesora, a lo que el viejo testarudo le replica que nunca debe seguir el camino de las mujeres, nunca debes rendirte a sus pies). La abuela respeta esa actitud arcaica porque no deja de ser el cabeza de familia en un Japón que no ha evolucionado para ellos (los espacios por los que mueve la cámara de Koreeda dentro de esa casa Imagen1tradicional familiar en la que viven lo ratifica, con ese baño destartalado y esa vieja colección de discos de vinilo). La abuela comparte ese pasado ceremonioso de su marido, y de aquí surge uno de los momentos más nostálgicos del film, que es cuando decide rememorar una vieja canción pop de finales de los años 60. A su vez, le sirve para repescar los primeros festejos con Kyohei y contextualizar el Japón de esos años, antes del milagro económico y de su bienestar familiar. Un bienestar que viene representado por la casa: para ellos, el único patrimonio materialista de la familia.

En cuanto a la forma: el realizador de After Life varía radicalmente de estilo, pues siendo consciente del material que tiene entre manos y, teniendo en cuenta que los 114 minutos de metraje condensan el seguimiento de las 24 horas de una familia, construye el film a través de una serie encadenada de secuencias dialogadas ligeramente dinámicas, articuladas por  planos de corta duración y resoluciones secuenciales juguetonas que harán reír al espectador. En este aspecto, quedaos con el momento en que Susumu Terajima, que siempre sale haciendo el ganso en las películas de Kitano, hace de repartidor de sushi ingenuo (todos los miembros de la familia hacen alusión a que ese repartidor ha madurado con el tiempo, y no deja de ser un guiño de Koreeda hacía la maduración de Terajima como actor). Imagen1
También hay espacio para los momentos triviales, que vienen constituidos por esas caminatas fortuitas por la playa o por el descenso al cementerio (de intensidad emocional contenida). Esos momentos pueden parecer un interludio; en realidad, ayudan a asentar las bases conceptuales de una película que bascula entre la relajación, la aplicación didáctica de una serie de valores contemporáneos de la sociedad japonesa y un artificio ceremonioso por las tradiciones del país en su sentido más amplio (las peregrinaciones al cementerio, las constantes reflexiones sobre la actitud y postura de cada miembro de la familia y los elementos gastronómicos que aparecen en las prolongadas comilonas como identidad del pueblo nipón, lo certifican).  
Este estilo nunca se había visto en una cinta de Koreeda. Por esta razón, compararlo con Ozu resulta injusto y pueril, pues es pretender que la sombra de un maestro aceche a la de otro. En todo caso se acepta que, por la forma en la que está rodada, Still Walking recuerde vagamente algunas películas de Ryosuke Hashiguchi (otro compatriota suyo de la nueva ola cinematográfica japonesa). El aroma de Ozu es más una consecuencia directa de esa falta de entendimiento por parte de la crítica entre el cine clásico japonés y el contemporáneo, que en ocasiones se olvida de otras muchas épocas del cine nipón relegado a la invisibilidad por la postura ignorante que mantienen. Koreeda sigue su camino, sus directrices y no debe a nadie nada. Es más, le debemos a él que nos guíe por el camino de la cultura de su pueblo. 

Y en cuanto al elegante costumbrismo filmado con actitud firme pero pausada, pues parece sacado de un manga de Jiro Taniguchi, cuyas obras enmarcadas dentro de lo que se conoce como gekiga y del movimiento del nouvelle manga, parecen encontrar muchos paralelismos artísticos y narrativos con esta película de Koreeda (y apunto directamente a El Almanaque de mi Padre o Barrio Lejano). Por Imagen1momentos, Still Walking parece una de las obras gráficas de Taniguchi adaptadas a la gran pantalla, con una pizca descafeinada de ese simbolismo tradicionalista religioso de los filmes de Naomi Kawase. A Koreeda parece preocuparle los ritos funerarios y como éstos envuelven y unen a las familias de su país (sólo falta ver la preciosista escena de la mariposa amarilla sobreponiéndose encima del altar familiar dedicado al difunto hijo y los ritos aplicados a la tumba del mismo siguiendo las costumbres del shintoismo).

La religión shinto y la madre naturaleza como ejes indisolubles de la cotidianeidad japonesa aparecen con más fuerza que nunca en este espléndido film de Koreeda. Un Koreeda que resulta imprescindible si se quiere adentrarse en esos aspectos culturales menos visibles cuando uno viaja a Japón (el culto religioso personificado, costumbres familiares y funerarias, la jerarquía familiar, etc.).

Caminad al mismo paso que lo hacen los personajes de la película y disfrutad con un filme que pretende enseñar más que mostrar. Lo didáctico por encima de lo contemplativo. Y todo a través del poder de Koreeda y sus encuadres hiperrealistas, que insuflan de valor pedagógico a una historia que os recompensará con la sabiduría de una cultura de la que debemos aprender y respetar.

Eduard Terrades Vicens

Especial Hirozaku Kore-eda

Página web película