Premiere Despedidas

[EL LATIDO DE LA MONTAÑA: THE DRUMMER.

LA PULSIÓN ESPIRITUAL]




Resulta vigorizante comprobar que el cine de Hong Kong, más allá de modas, sigue guardando en la recámara más de una sorpresa con la que demostrar por qué continúa siendo una de las cinematografías más atrevidas e irreverentes del panorama actual.

La mezcla de cine de tríadas y filosofía budista no es nueva (recordemos que se encuentra en la base de la mayor parte de las películas de Johnnie To), pero plantear, como hace Kenneth Bi en El Latido de la Montaña una ruptura entre la bases del thriller para metamorfosearlo en una experiencia existencial de profundo ascetismo espiritual… es una hazaña totalmente nueva. Imagen1 Y es que El Latido de la Montaña comienza siendo una película de gangsters a la antigua usanza: dos jefes de clanes mafiosos enfrentados entre sí por una cuestión de honor, una venganza y una huida, ambición, deseo, soberbia y cinismo… pero termina convirtiéndose en algo totalmente diferente.

Sid (Jaycee Chan, el hijo de Jackie Chan, quien produjo el anterior film del director, Rice Rhapsody) mantiene una noche de romance con la chica del jefe más poderoso de uno de los clanes de Hong Kong, Stephen Ma (Kenneth Tsang). Pillados infraganti, el mafioso dará al padre de Sid, el cabecilla de una banda de rango inferior llamado Kwan (Tony Leung Kai-Fai), la oportunidad de salvar la vida de su hijo si, como castigo, le corta las manos. Será entonces cuando Kwan mande a Sin en compañía de uno de sus hombres de confianza, Ah Chiu (Roy Cheung) hacia un fortuito y temporal exilio en un paraje perdido de Taiwán. A partir de ese momento, la vida de Sid cambiará para siempre al entrar en contacto con una comunidad dedicada a la práctica ancestral de la percusión zen. En las montañas, integrado en un entorno natural, la percepción de Sin frente a la vida dará un vuelco radical cuando vaya introduciéndose en las enseñanzas espirituales de sus nuevos compañeros. Su anterior furia juvenil se transformará en un remanso de paz que le ayudará a enfrentar sus problemas desde una óptica mucho más reflexiva mientras que aprenderá a canalizar sus frustraciones, su odio y dolor frente al mundo a través de la música.

Con El Latido de la Montaña, Kenneth Bi otorga una nueva perspectiva al cine negro de Hong Kong insuflándolo de una serie de connotaciones que lo acercan más al film experiencial, al viaje de autodescubrimiento, que al mero artificio construido alrededor de los ejes de cualquier thriller contemporáneo. A partir de la música, los personajes sufrirán una transformación emocional y mística que les ayudará a comprenderse mejor. En ese sentido, uno de los instantes más hermosos del film tiene que ver con la Imagen1reconciliación paterno-filial que se da entre Sid y Kwan cuando éste está en la cárcel y oye los tambores que traspasan los barrotes para otorgarle un hálito de libertad y una sensación de calor y cercanía con respecto a ese hijo hacia el que, más allá de cualquier reproche, por fin siente el bálsamo del inquebrantable vínculo de la sangre.

Además, con este film Kenneth Bi también conforma un implícito alegato en contra de la violencia y la espiral de horror que ésta desencadena. Tras la muerte de su padre, Sid tendrá la oportunidad de encargarse del clan que él regentaba, pero eso sería continuar de alguna manera con aquello con lo que significaba la figura de Kwan. Así, Sid optará por terminar de forma tajante con una tradición que llevaba implícita una deuda de sangre demasiado alta. La venganza, por tanto, que ha atravesado el sustrato de una buena parte de los films provenientes de Hong Kong, queda en este caso reducida a cenizas gracias a la decisión del personaje protagonista.

Según ha afirmado el propio director, él también sintió una experiencia sensorial a la  experimentada por Sid cuando oyó por primera vez una representación en la que un grupo de músicos taiwaneses tocaban los tambores. “A lo largo de la representación no se pronunciaba ni una sola palabra, aunque daba la impresión de que hablaban a gritos. En las dos horas y media de percusión se sentía una energía muy fuerte que a su vez desprendía una gran paz interior. En tan sólo unos pocos minutos el público se dio cuenta de que lo que tenían delante eran hombres y mujeres que habían hecho auténticos sacrificios por su arte”. Así cuenta Imagen1Kenneth Bi la génesis de una película que se convirtió en un reto a nivel personal: “Inspirado por esta experiencia y conmovido por la representación que vi, viajé a las montañas para conocerlos, entrevistarlos y ser testigo de todos aquéllos que estaban dispuestos a emprender aquel largo camino en medio del mundo de comodidades y de conveniencia en el que vivimos. Uno de los músicos me dijo, sin ningún tipo de pretensiones: ‘si tocas el tambor durante una semana, habrás ganado una semana de habilidad. Si lo haces durante tres años, ganarás tres años de habilidad. No hay más.’ Cuando les entrevisté, me di cuenta que eran sinceros, apasionados y abiertos. Eran un grupo de entornos muy diferentes. La mayoría eran taiwaneses locales y aborígenes, pero también había una pareja de Malasia y unos cuantos de Hong Kong. Después de adentrarme en sus filosofías y sus rutinas diarias, empecé a escribir El Latido de la Montaña”.

Beatriz Martínez

Pre-estreno Barcelona

Especial Kenneth Bi

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